domingo, 11 de marzo de 2012

Ley cero - Tanya Tynjälä


Recibir el premio Nobel solo agudizó su esquizofrenia.
Esa misma noche le confesó a Ajeeb (el único capaz de escucharlo sin juzgar) que vivir le hacía daño y se puso a llorar como un niño. Ajeeb no lo abrazó, pues pensó que su cuerpo de acero solo le causaría más frío al ya estremecido Genio.
La autopsia rezaba: “muerte por sobredosis de benzodiazepinum bio modificado”. Ajeeb se encargaba de administrárselo todas las noches. Era lo único que lograba mitigar el insomnio crónico del que sufría el Genio.
Cuando la fuerza del orden lo interrogó, Ajeeb solo dijo, lanzándoles su inexpresiva mirada y con esa voz calma y monótona que lo caracterizaba:
—¿Acaso no se matan a los caballos?